24Mayo2017

Periodismo de Investigación | El Jurado

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Escrito por  Carlos Jurado
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Corría el año 1985, empezaba a recrudecer el terrorismo en Ayacucho, Departamento cuyo nombre en el idioma Quechua, significa rincón de muertos y por extraña coincidencia se había convertido precisamente en  eso y ocurría que quién m viajaba por esa parte del Perú, no tenía seguridad de retornar con vida o aunque sea herido, en el mejor de los casos.

En esa época había logrado  la Primera Magistratura de la Nación, un joven abogado de treinta y seis años de edad, identificado como Alan García Pérez, especialmente preparado para la arena política por el Patricio Aprista, Don Víctor Raúl Haya de La torre; se trataba de un mozo casi arrogante, lleno de las energías que da la juventud y las ilusiones que empujan a los jóvenes, que quieren resolver los problemas del mundo en tan solo veinticuatro horas.

Había sucedido al segundo Gobierno constitucional del Arquitecto Don Fernando Belaúnde Terry, para muchos un presidente de lujo, honorable, digno, abnegado y honesto, tal vez demasiado honesto y señor de alma blanca, que supo perdonar a quienes se encargaron de ensombrecer su gestión gubernativa, tras su derrocamiento por el General Juan Velasco Alvarado, en su Primer Periodo.

En un país donde hacían su tenebroso debut los sombríos “coches bomba”, donde al interior de los pueblos se practicaba la ejecución de personas juzgadas y condenadas por “El Juicio Popular” ordenado por los que buscaban la inestabilidad del sistema democrático, seguramente con fines inconfesables; hace su aparición con su mensaje de paz,  un hermoso anciano de cabeza blanca,  mirada dulce, comprensiva y abnegada, ofreciendo el perdón. Era el Papa Juan Pablo Segundo.

Traía en su palabra la tranquilidad y la fe que es la riqueza del creyente en Dios, de pronto sus grandes ojos azules se avivan fulgurantes  cuando mediante la televisión se dirige con energía a los subversivos y les grita. “En nombre de Dios, no maten a sus hermanos o tendrán que rendir cuentas cuando estén ante el Supremo Tribunal de Dios”; luego de criticar acremente la vandálica y demencial actitud de los subversivos, da un vuelco total en su indignación y besa con ternura al niño que se le acerca y abraza al anciano que acude a besarle sus manos.

Las lágrimas de millones de ojos se abren paso a borbotones y ruedan por las acongojadas mejillas, al ser testigos de la bondad que encierra el enviado del Señor nuestro Dios, quién sin el mínimo temor y con la fuerza que da la confianza de estar haciendo el bien, se traslada a la llamada zona roja o de emergencia, en Ayacucho.

Sin mas protección que su  sagrada Cruz, como quién emula a los cristianos que en tiempos remotos  allá en los Coliseos romanos caminaban serenos, entonando cánticos y hasta con cierta satisfacción a encontrarse con la horrible muerte que les darían los leones al devorarlos o  las espadas que blandían los esbirros del emperador.

Para los que en aquella ocasión, contemplamos su rostro lleno de dulzura con los ojos del corazón y llenos de paz, vivirá dentro de nosotros hasta el fin de los tiempos y sus sabias palabras servirán de eterno consejo para alejarnos del mal  y encaminar bien a nuestros menores.

En estas décimas que escribiéramos entonces, le pedimos que retorne a nuestra patria y volvió, pero  ya no tendrá que partir ni volver, porque ahora está para siempre dentro de nuestro ser; ha sido propuesto por las autoridades eclesiásticas del Vaticano, para elevarlo a los altares convertido en Santo, previa peregrinación por los niveles de siervo, beato y realizar milagros comprobados.

Entonces será declarado Santo y ocupará un lugar en los altares; como antecedentes positivos, tenemos que el Papa Juan Pablo Segundo, no discriminó a nadie y tan pronto se reunió con los judíos, así como con los ateos y toda clase de humanos, mostrando su predilección por los niños, por quienes sentía particular interés, cariño y consideración, pensando tal vez en Cristo cuando decía: “Dejad que los niños vengan a mí”, seguramente porque eran seres inocentes y puros, dignos de estar junto a su divinidad.

Uno de los tantos testimonios para su santificación: Esposo mío, dijo su señora, nos sentimos contentos de ver que hayas reaccionado al tratamiento médico, pero desgraciadamente te han detectado: cáncer terminal al hígado, agravado con metástasis a casi todos los otros órganos internos; no pudo continuar hablando, porque empezó a llorar desconsoladamente abrazada al cuerpo de su moribundo esposo y continuó su hijo Juan Segundo, quien agregó:

“Querido Padre, los médicos te dan solamente entre treinta a cuarenta y cinco días de vida, porque el cáncer afectó todos tus órganos vitales y está a punto de llegar al corazón, ese es el pronóstico médico y la fábrica ha cubierto todos los gastos médicos, pero ellos también tienen un límite y ya notificaron que cubrirían los gastos hasta el mes siguiente y si continuas con vida, de allí en adelante seremos nosotros los que asumiremos tu improbable curación”.

Don Juan en uso de razón, entendió que solamente él, era el culpable de su enfermedad por no haber usado la máscara protectora para trabajar; después de terminado el tiempo de visitas, se despidieron la esposa e hijos, con el compromiso que uno de ellos regresará en la noche para hacer guardia.

Estando sólo el enfermo, se puso a pensar en la catástrofe familiar que sucederá a su descendencia al dejarlos desamparados y mirando al cielo se puso a rezar y en aquella concentración de la oración recordó la visita del Papa Juan Pablo II a su pueblo y cuando paseaba el Papa, él y un grupo de los vecinos los bendijo el "Papa Viajero" y todos se sintieron felices; episodio que tal vez nunca más se repetirá en la vida. Su mente se despertó e imploró diciendo:

"Alma de Juan Pablo II, pídele a Dios que me perdone por haber sido un testarudo trabajando sin control y ahora tengo cáncer y moriré dejando desamparados a los miembros de mi familia, te suplico que me ayudes"; al terminar de orar, se quedó profundamente dormido y en ese estado tuvo un sueño con la visión de un Gran Señor vestido de blanco como un médico, quien le hizo una imposición con ambas manos sobre el estómago, sintiendo el paciente un tremendo calor en esa parte de su cuerpo, y le dijo:

"Juan te has arrepentido de algo benigno, porque tu siempre has sido y eres un gran padre, Dios muy generoso y con su gran poder, porque para él nada es imposible y tu fe te ha salvado, ya no tienes más ese mal que afligió tu cuerpo y cuando regreses a tu trabajo, no seas tan testarudo como tu mismo lo reconoces y respetaras las reglas de protección obligatorias"; continuó durmiendo plácidamente.

Al llegar su hijo pasadas las diez de la noche para hacer la guardia a su padre, lo encontró profundamente dormido y con un semblante risueño no hizo ningún ruido y se acomodó sobre el sillón y también se durmió hasta que ambos se despertaron a las cinco de la mañana, ya era un nuevo día de esperanza y alegría.

Don Juan jubiloso era otra persona, había desaparecido el terrible e insoportable dolor al hígado, ya no tenía los insoportables vómitos y al ver a su hijo, le dijo: “Anoche tuve un maravilloso sueño de sanación hijo, nuestro Dios ya me salvó y seguiré con ustedes.

Este es un testimonio real que ha sido reenviado a todas partes del mundo como una prueba más e indiscutible porque el favorecido vive ahora feliz con su familia y ahí están los diagnósticos y radiografías que pueden probar para quien lo solicite, el estado de gravedad que afectaba al salvado por la bondad de Dios mediante la invocación del Santo Padre el Papa Juan Pablo Segundo, que fue vicario de nuestro Señor aquí en la tierra y coadyuvará a elevarlo a los Altares.

 

ILUSTRE PEREGRINO
Décimas de Carlos Jurado Silva
"El Decimista del Pueblo"

SANTO QUE VAS POR EL MUNDO
OFRECIENDO SALVACION
PAPA JUAN PABLO SEGUNDO
DIOS BENDIGA TU MISION
Con repique de campanas
y flamear de mil banderas
más que al sol de primavera
todos lo pueblos te aclaman
Eres bálsamo que sana
al que yace moribundo
le das paz al iracundo
que fiero empuña el fusil
y lo llamas al redil
SANTO QUE VAS POR EL MUNDO.
Con tu cruz de peregrino
Pastor de los afligidos
perdonas al que ha ofendido
y le muestras el camino
Pides amar al vecino
darle pan al vagabundo
no descansas un segundo
queriendo cambiar la suerte
juegas hasta con la muerte
PAPA JUAN PABLO SEGUNDO.
Tu presencia es duro freno
para el que se ha desbocado
porque ese es el legado
que Dios te dio por ser bueno
Tu eres dulce muy ameno
pero ahí en tu corazón
tomas fuerte decisión
para arrancar los abrojos
y calmas tu justo enojo
OFRECIENDO SALVACION.
Los niños y los ancianos
te ven partir con tristeza
pero guardan la riqueza
de haber besado tus manos
Volverás oh santo hermano
a darnos tu bendición
pondrás fin a la aflicción
nos devolverás la calma
y exclamarán nuestras almas
DIOS BENDIGA TU MISION.
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